El árbol de la muerte (Parte I, Los sueños de Elías, Capítulo 1: El niño y el cuervo).

— ¿A dónde vamos? — Pregunto ensimismado el muchacho de cabellos erizados y negros como la noche.

— Anda, sube. — Le ordenó aquel extraño cuervo sin dar más explicaciones con aquella distintiva voz cavernosa.

    El niño que ya era casi un jovencito fijó sus ojos sobre el iris azul-gris de los ojos gigantescos del cuervo. Trepó con dificultad a su lomo aferrando las manos sobre el pesado plumaje que emitía reflejos iridiscentes, que se tornaban entre el azul y el purpura. 

     El cuervo impulsó su vuelo hacía un cielo que lucía fantasmal por la espesa y blanca niebla que lo inundaba todo. El fuerte viento lo asusto de muerte; creyó que en cualquier momento perdería las fuerzas para sostenerse y saldría disparado hacia cualquier dirección; con sus frágiles brazos rodeo el grueso cuello del ave y se dejó llevar sin más alternativa. Debajo de él, columbro a sus pies los verdes campos de maíz, rozar por muy poco los riscos de las montañas nevadas y contemplar los lagos como diminutos charcos de agua, y sin esperarlo, apenas divisó la miniscula cabaña donde vivía. En una acrobacia aérea el ave se desplomo y descendió en picada para aproximarse veloz a su objetivo, el ramaje de un árbol. El ave abatió las alas para refrenar su vuelo y se estacionó en el árbol. Entonces comprendió que el cuervo no era un pájaro gigante, sino que inadvertidamente él se había encogido. 

— Esta es mi casa — Indicó el niño.

— Lo sé — Respondió comprensivo el cuervo.

— ¿Porque me has traído aquí? — Pregunto con curiosidad el niño.

— Observa hacía allá — Señaló con su enorme pico en dirección a unos espinosos y enrojecidos rosales.

— Son los rosales de la abuela — Afirmó el chico.

—  Mira detenidamente — Suplicó el cuervo.

— Hay bastante niebla. No veo con claridad — Insistió el niño mientras de su boca salía un ramalazo de vaho — Y también hace frío.

De la niebla parecía salir un gemido o lamento, alguien sollozando desconsoladamente, pero no alcanzó a ver nada.

—Ahí está... pon atención — Rogó el cuervo.

    El niño forzó la vista mientras desempañaba los vidrios de sus anteojos. De pronto la niebla comenzó a disiparse dejando ver a una mujer que yacía con los pies descalzos; estaba de espaldas entre los rosales que eran de su abuela y era quién sollozaba lastimeramente. En las manos trae unas enormes tijeras de podar, y va cortando cada una de las flores que nacen de los espinosos rosales; su pelo estaba  enmarañado como un nido de pájaros y era tan blanco como su palidez y la larga bata que lleva puesta. Todo en ella y hasta el ambiente era espectral.

— ¿Quién es esa mujer y porqué motivo corta las rosas de la abuela? — Le preguntó el niño al cuervo.

Ahora el rosal había quedado desprovisto de toda flor para convirtirse en un tétrico esqueleto a la intemperie.

El cuervo contestó:

— "Las lágrimas que humedecen y ablandan esta tierra, no han de revivir la semilla que ya no se encuentra allí. Ahora dejó de ser semilla que se cosechó para volverse polen que vuela libre con el viento para caer en nueva tierra fértil y renacer otra vez."

    El niño no comprendió aquellas palabras de la oscura ave, solo fijó su atención en esa doliente mujer. La blanca dama se giró hacía él y se dejó descubrir en una horripilante imagen; era su rostro semidescarnado, con unos ojos blancos y muy grandes que lloran a caudales; se da la vuelta y comienza a desplazarse con los pies desnudos sobre los restos de rosas y espinas, dejando a su paso huellas de sangre oscura, mientras se desvanece otra vez entre la niebla.

   Por alguna razón sintió un terrible miedo y nostalgia que lo inundaron. ¿Qué fue todo eso? ¿Qué quería decir aquello? Tenía que ser un mal sueño y si lo era tenía que despertarse ya... Se pellizco un brazo y se dio una palmada en la cara, pero no pasó nada, él seguía allí mirando desde aquella rama. 

—  Elías, hijo, despiertate ya. — Vociferó el siniestro cuervo, pero con un tono distinto de voz; bastante parecido al de su abuela.

Pero no podía ser la abuela. La abuela murió meses atrás, en su cama, sin decir nada, sin decir adiós. Alguien le relamia con insistencia el rostro hasta que por fin lo sacó de su estupor... era Huarache, su perro y compañero fiel. Pero otra vez, como un eco del inframundo, llegaron esas palabras a retumbar en su cabeza:

«Las lágrimas que humedecen y ablandan esta tierra no han de revivir la semilla que ya no se encuentra allí».

Algo quería decir eso y estaba muy cerca de descubrirlo.

El Árbol de la Muerte. Parte I: "Los sueños de Elias", primer capítulo "El Niño y el cuervo". L. Omar Saavedra. 2013

Dedicado con mucho amor a mis dos hijos: Alex y Santino.

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