El árbol de la muerte (Parte I, los sueños de Elias, Capítulo 2: Oruga).
La pequeña llama danzaba al compás del invisible viento; un, dos, tres; un, dos, tres; parecía bailar alegre ante la familia de Elías. A su padre parecía no hacerle tanta gracia la escena, estaba serio, con su mostacho largo y su sombrero; en cambio la madre miraba enternecida a la llamita y a la abuela la hacía parecer más jovial y alegre. Y la llama danzaba y giraba al compás del uno, dos y tres, y entre giro y giro, iluminaba con su cálida luz aquellos rostros enmarcados. Y el público presente ovaciono aquella singular escenografía y espectáculo; los cempasúchiles amarillos aplaudían emotivos con sus verdes hojitas, las celosías agitaban sus pétalos plumosos con emoción, y las garras de león, ellas parecían conmovidas luciendo cabizbajas desde sus palcos (unos sendos floreros). La gentil llama se inclinó agradeciendo aquel gentil gesto y después desapareció con la última ráfaga de aire. —Yo te cuidaré siempre—le juró Elías a la niña mientras tomaba su pe...