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El árbol de la muerte (Parte I, los sueños de Elias, Capítulo 2: Oruga).

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La pequeña llama danzaba al compás del invisible viento; un, dos, tres; un, dos, tres; parecía  bailar alegre ante la familia de Elías. A su padre parecía no hacerle tanta gracia la escena, estaba serio, con su mostacho largo y su sombrero;  en cambio la madre miraba enternecida a la llamita y a la abuela la hacía parecer más jovial y alegre. Y la llama danzaba y giraba al compás del uno, dos y tres, y entre giro y giro, iluminaba con su cálida luz aquellos rostros enmarcados. Y el público presente ovaciono aquella singular escenografía y espectáculo; los cempasúchiles amarillos aplaudían emotivos con sus verdes hojitas, las celosías agitaban sus pétalos plumosos con emoción, y las garras de león, ellas parecían conmovidas luciendo cabizbajas desde sus palcos (unos sendos floreros). La gentil llama se inclinó agradeciendo aquel gentil gesto y después desapareció con la última ráfaga de aire.  —Yo te cuidaré siempre—le juró Elías a la niña mientras tomaba su pe...

El árbol de la muerte (Parte I, Los sueños de Elías, Capítulo 1: El niño y el cuervo).

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— ¿A dónde vamos? — Pregunto ensimismado el muchacho de cabellos erizados y negros como la noche. — Anda, sube. — Le ordenó aquel extraño cuervo sin dar más explicaciones con aquella distintiva voz cavernosa.     El niño que ya era casi un jovencito fijó sus ojos sobre el iris azul-gris de los ojos gigantescos del cuervo. Trepó con dificultad a su lomo aferrando las manos sobre el pesado plumaje que emitía reflejos iridiscentes, que se tornaban entre el azul y el purpura.       El cuervo impulsó su vuelo hacía un cielo que lucía fantasmal por la espesa y blanca niebla que lo inundaba todo. El fuerte viento lo asusto de muerte; creyó que en cualquier momento perdería las fuerzas para sostenerse y saldría disparado hacia cualquier dirección; con sus frágiles brazos rodeo el grueso cuello del ave y se dejó llevar sin más alternativa. Debajo de él, columbro a sus pies los verdes campos de maíz, rozar por muy poco los riscos de las montañas nevadas y...

El sacrilegio de Tranquilino

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Me acuerdo bien clarito de ese día, porque de un lado se cernía un nubarrón grande que lo oscurecía todo. La tarde nublada cedió a una noche ennegrecida y la lluvia no tardó en desparramarse. Con el gabán mojado y apesantado, era más ardua la faena. Me sobrevino un fuerte frío que me estremeció los huesos de todo el cuerpo. No sé si por lo mojado o por el sacrilegio que estábamos cometiendo.  Dejé de palear un rato por que ya no era tierra la que sacaba sino pura agua enlodada. Cavar así es como querer escarbar en lo hondo de un pozo. Pero el deschabetado que me apuntaba con la carabina chachalaquera no me daba otra alternativa. —¡Órale indio remilgoso! No pares si no quieres morirte.  El Tranquilino no andaba Tranquilino y había que andarse con cuidado. ¡Ah como me dolían los brazos! Sentía que se me iban a zafar, pero el zafado era otro. —Qué tanto me miras infeliz guarachudo. Los ojos fieros del Tranquilino parecían brillar bajó la sombra renegrida de su sombrer...

En el cerro

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Con las mochilas a cuestas caminamos un largo trecho por la carretera renegrida y caliente. El suelo como comal ardiente calienta las suelas de los zapatos. Gafas oscuras protegen nuestros ojos del deslumbrante medio día. La artería negra surca un campo de pastizales bajos. Al fondo se ven los lejanos y grises cerros. Estamos cómo una hora de camino a pie. Cuando llegamos al pueblo, buscamos apoyo para que nos guíen a las recónditas pozas de Pinoltepec. Hay que adentrarse a la sierra y unos niños hacen de nuestros guías. Vamos con cautela bajando por una ladera. En el recorrido abrimos un par de latas de cerveza que vamos bebiendo. Nos topamos con otro de los atractivos de la zona, es una gruta o cueva de difícil acceso en uno de los paredones de la ladera. No es objetivo, pues nuestro interés está centrado en un zona más allá de las pozas, donde supuestamente se encuentra un área arqueológica (un cementerio prehispánico). La bajada se pronuncia aún más y todo se va tornando oscuro y f...