El árbol de la muerte (Parte I, los sueños de Elias, Capítulo 2: Oruga).
La pequeña llama danzaba al compás del invisible viento; un, dos, tres; un, dos, tres; parecía bailar alegre ante la familia de Elías. A su padre parecía no hacerle tanta gracia la escena, estaba serio, con su mostacho largo y su sombrero; en cambio la madre miraba enternecida a la llamita y a la abuela la hacía parecer más jovial y alegre. Y la llama danzaba y giraba al compás del uno, dos y tres, y entre giro y giro, iluminaba con su cálida luz aquellos rostros enmarcados. Y el público presente ovaciono aquella singular escenografía y espectáculo; los cempasúchiles amarillos aplaudían emotivos con sus verdes hojitas, las celosías agitaban sus pétalos plumosos con emoción, y las garras de león, ellas parecían conmovidas luciendo cabizbajas desde sus palcos (unos sendos floreros). La gentil llama se inclinó agradeciendo aquel gentil gesto y después desapareció con la última ráfaga de aire.
—Yo te cuidaré siempre—le juró Elías a la niña mientras tomaba su pequeña mano. Ambos tendidos entre la verde yerba y las flores silvestres del campo, miraban las mariposas revoloteando encima de sus caras.
—Te quiero hermano—agradeció la niña de cabellos trenzados. Y empezó a contar cada una de aquellas mariposas multicolores.
—Me hubiera gustado ser una mariposa—de pronto dijo Martina.
—¿Porqué?—preguntó Elías.
—Porque pueden alcanzar el cielo... Y yo quiero llegar con papá, mamá y la abuela.
Elías se conmocionó al escuchar esas palabras y sintió un frió que lo estremeció de pies a cabeza. Parecía que su destino era perderlo todo y tener que resignarse, pero aquello no... Su hermanita era lo único que le quedaba en esta vida para aferrarse a ella. ¿Cómo es que ahora le venía este pensamiento a la cabeza?
—Algún día todos seremos como las mariposas... —atinó a decir Elías.
—¿Eso crees hermano?.
—Llega un día en que a todos nos salen alas para poder volar al cielo. Pero eso pasa cuando llega la hora de salir de este capullo en el que vivimos. No puedes salir del capullo antes, ¿entiendes?, no, hasta que te salgan alas.
—Está bien entiendo.—respondió Martina y a carcajadas agregó —Pero dudo mucho que tú te conviertas en una mariposa... Yo creo que te convertirás una fea polilla.
Más tarde, entre los maizales, Elías erguía un horripilante espantapájaros con paja, overoles y sombrero. Se había fastidiado de estar ahuyentando a los cuervos que se disponían a deshojar las mazorcas. Su obra maestra o de "arte" (como él la llamo) inspiró un horror profundo tanto en la niña como en el perro, quienes prefirieron guardar cierta distancia.
Cuando por fin cayó la tarde y luego de cobijar a Martina, Elías agotado se metió también a la cama y se quedó profundamente dormido...
De pronto Elías se vio así mismo corriendo con garrote en mano ahuyentando a los pájaros que deshojaban sus mazorcas, ignorando al monstruoso espantapájaros que tenían a un lado. Vio a Martina cogiendo pequeñas piedras que lanzaba a los pajarracos. Los oscuros pájaros alzaron el vuelo y comenzaron a volar en círculos por encima de la niña. De un momento a otro aquellas aves se multiplicaron como un negro enjambre dispuesto a dar ataque.
—¡Corre!—gritó Elías a Martina.
El terror de Elías se hizo más grande cuando descubrió que el inanimado espantapájaros había recobrado vida y que ahora sujetaba con fuerza el brazo de la niña.
—¡Déjala! —farfulló Elías, mientras le propinaba de porrazos al muñeco de paja.
El hombre de paja soltó a la niña y ahora aferraba sus metálicas garras sobre Elías. Aquellos ojos que antes eran un par de botones de una camisa vieja, eran ahora como dos remolinos... y el rostro de paja se convirtió en uno repleto de larvas.
—¡Suéltame!—exclamó Elías, mientras luchaba con todas sus fuerzas.
El hombre de paja desplegó lo que parecía ser una boca garrafal y en la cara del muchacho lanzó un baladro del que emergieron cientos de polillas que aleteaban con macabros ojos sobre sus alas. Poco pasó para que se apagara aquel baladro y se disgregara el hombre de paja hasta quedar overoles y sombrero en el piso. Elías buscó en todas direcciones a la niña y vio como aquel enjambre negro se unificaba formando a un monumental cuervo. Martina se había refugiado entre los maizales llorando con el rostro sobre las rodilla. El gran cuervo se aproximó hasta la niña y dejo escapar un murmullo ininteligible... que solo Martina pareció comprender. Sin esperarlo su pequeña hermana subía al sedoso lomo del ave y luego el gran pájaro se encumbró por el aire.
—¡Martina no vayas—exclamó Elías.
El gran cuervo suspendido en el aire, devolvió una sepulcral mirada al muchacho y con voz gutural le dijo:
«Algunos comparan su vida con la de los gusanos, sin saber que solo son orugas».
Y como una estrella fugaz en la noche, el gigantesco pájaro y la niña se perdieron en el infinito.
Elías se despertó de un brinco. Acababa de tener una muy mala pesadilla. "Malditos cuervos", se levantó Elías mascullando más insultos.
L. Saavedra. El Árbol de la Muerte, Parte I <<Los sueños de Elías>>, Capitulo II "Oruga", 2013.
A mis dos hijos, Alex y Santino.
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