El sacrilegio de Tranquilino
Me acuerdo bien clarito de ese día, porque de un lado se cernía un nubarrón grande que lo oscurecía todo. La tarde nublada cedió a una noche ennegrecida y la lluvia no tardó en desparramarse. Con el gabán mojado y apesantado, era más ardua la faena. Me sobrevino un fuerte frío que me estremeció los huesos de todo el cuerpo. No sé si por lo mojado o por el sacrilegio que estábamos cometiendo.
Dejé de palear un rato por que ya no era tierra la que sacaba sino pura agua enlodada. Cavar así es como querer escarbar en lo hondo de un pozo. Pero el deschabetado que me apuntaba con la carabina chachalaquera no me daba otra alternativa.
—¡Órale indio remilgoso! No pares si no quieres morirte.
El Tranquilino no andaba Tranquilino y había que andarse con cuidado. ¡Ah como me dolían los brazos! Sentía que se me iban a zafar, pero el zafado era otro.
—Qué tanto me miras infeliz guarachudo.
Los ojos fieros del Tranquilino parecían brillar bajó la sombra renegrida de su sombrero.
— De seguro piensas que se me botó la canica — Yo hice por quitarme el gabán de encima para darle su buena exprimida, pero Tranquilino me conminó a no hacerlo — No te dije que hicieras eso Casimiro, no cometas el error de que te meta un plomo en medio de las cejas ¡Ándale indio pata rajada!
Tranquilino nunca había sido buena persona. Me acuerdo que cuando llegué a Cresta del gallo, la gente no decía nada bueno de su persona. Dicen que cuando llegó la repartición de tierras él supo sacar provecho con favor del gobierno. Se quedó con las mejores tierritas (las que contaban con agua para riego). Las peores quedaron para las gentes más desgraciadas. Había que pedirle hasta permiso para agarrar agua y en el peor de los casos pagarle para acceder a ella. Luego la gente se comenzó a alebrestar y al final al gobierno no le quedó de otra que hacer la represa. Mientras tanto el Tranquilino ya se había hecho el más rico del pueblo. Se aprovechó de los infortunados y compró esas tierras feas y secas para hacer el camposanto y una capillita. Ahora había que pagarle pa enterrar a nuestros muertos.
El mismo Tranquilino me ofreció el empleo de velador y sepulturero. Nunca me han gustado los panteones y menos estar cerca de los muertos. Me gusta vivir tranquilo y aunque no me gustan los trasiegos, me pareció un trabajo tranquilo. Yo tengo mi tierrita, mis maizitos y unos cuantos animalitos, pero unos centavitos más a nadie le caen mal.
— Ya no puedo más— Le recrimine a Tranquilino.
—Falta menos Casimiro.
¡Y faltaba menos! Pronto escuché un sonido hueco y cavernoso, y al poco un tronido. Vi como se le desbordaron los ojos al Tranquilino.
—Escuchaste Casimiro...
Estabamos como al borde de la locura, nada más faltaba ver quién llegaba primero.
Tranquilino era rico y parecía tenerlo todo en la vida, pero mismamente no se puede tenerlo todo; eres pobre pero saludable y duro de roer como la yerba o eres rico pero estás loco o tus hijos te salen enfermizos. Y Tranquilino estaba loco y su única hija le salió mala de salud. Un día cuando Tranquilino se había ido de viaje y muy lejos por cosa de negocios, la niña se puso mal y ya no tuvo remedio; todo fue tan rápido que a Tranquilino no le dio tiempo de llegar al velorio ni al sepelio. Pero Tranquilino tenía un secreto... Que había hecho pacto con el diablo.
—¡Casimiro! ¡Casimiro!
—Casimiro... Casimiro; porque mejor no le apuntas con el quinque que casi no le miro.
Pa cuando le alumbró, ahí se me fueron las ganas de seguir viendo. Abajo de mis pies enlodados se me apareció el cajón de la niña.
—Apurate Casimiro que se nos acaba el tiempo. —pero a mí lo que se me estaba acabando era el aire del susto. Tembleque procedí a desclavar la tapa del cajón y en consecuencia emergió un tufo repugnante que de golpe me hizo retroceder. Me detuve a razonar aquella locura y de puro instinto alcancé a santiguarme. ¿Se le puede turbar el sueño a un muerto? Eso mismo hacía Tranquilino, y yo era cómplice de su sacrilegio. Pero algo enseguida sacudió mi realidad ¡Un horrible alarido que salía de la caja de la niña! No podía ser, llevaba día y medio enterrada, me acusaba mi razonamiento. Por poco y desfallezco, pero un pensamiento me hizo saltar y correr despavorido; conociendo a Tranquilino me haría ocupar el lugar de la niña.
Según los chismosos del pueblo, aseguran que Tranquilino dio aviso a las autoridades y dijo que la niña es cata... cata... lectica o algo por el estilo y que se la habían enterrado con vida y que por bondad y misericordia de Dios (mejor dicho del diablo) había llegado a tiempo para rescatarla de una tragedia.
Yo no sé, sólo sé que desde entonces la niña no fue la misma. Se veía más mal que antes, tan pálida y flaca como un cadáver, con los ojos amarillos y la vista perdida en la nada, y siempre oliendo a lo que era, una muerta en vida. Pero los designios de Dios son inescrutables... y el bien siempre triunfa sobre el mal; hace dos noches fui con mucho cuidado a la casa de Tranquilino, mientras dormían, empecé a echarles lumbre.
La mayor parte del pueblo estuvo de acuerdo en que todo fue obra de la providencia por aquel sacrílego pecado. Por fortuna, nunca nadie sospechó de mí.
El sacrilegio/ L. Omar Saavedra/4 de Mayo del 2018
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