En el cerro
Con las mochilas a cuestas caminamos un largo trecho por la carretera renegrida y caliente. El suelo como comal ardiente calienta las suelas de los zapatos. Gafas oscuras protegen nuestros ojos del deslumbrante medio día. La artería negra surca un campo de pastizales bajos. Al fondo se ven los lejanos y grises cerros. Estamos cómo una hora de camino a pie.
Cuando llegamos al pueblo, buscamos apoyo para que nos guíen a las recónditas pozas de Pinoltepec. Hay que adentrarse a la sierra y unos niños hacen de nuestros guías.
Vamos con cautela bajando por una ladera. En el recorrido abrimos un par de latas de cerveza que vamos bebiendo. Nos topamos con otro de los atractivos de la zona, es una gruta o cueva de difícil acceso en uno de los paredones de la ladera. No es objetivo, pues nuestro interés está centrado en un zona más allá de las pozas, donde supuestamente se encuentra un área arqueológica (un cementerio prehispánico). La bajada se pronuncia aún más y todo se va tornando oscuro y frío. El ruido de agua corriendo irrumpe en el lugar y no tardamos en divisar en lo más bajo un riachuelo de aguas cristalinas. Los niños nos anuncian el fin del camino, y trás una módica propina se devuelven por donde nos han traído.
Cruzamos al otro lado del afluente y seguimos por la riviera. Nos encontramos con la primera poza de apacibles y transparentes aguas, pero seguimos de largo. El ambiente abajo es bastante frío comparado con el bochorno de arriba. Y no tardamos en encontrar la segunda poza, aún más azul y transparente. Nos quitamos las mochilas y decidimos darnos un chapuzón. Pero Sam (mi primo) que se aventuró primero a lo hondo de las aguas, me hace desistir de un baño, pues sale tiritando y quejandose de lo helado del agua. Se viste de nuevo y paramos a tomarnos un par de fotos (a orillas de la poza) con la cámara que yo cargo. Discutimos si quedarnos a acampar ahí o seguir el trayecto a nuestro destino. No nos convence el instalarnos abajo, es muy oscuro y se intensificará el frío cuando el sol caiga, y una fogata parece imposible con toda aquella leña húmeda de los alrededores. Subir la otra ladera ahora es prioridad nuestra. Aún es temprano y tenemos varias horas de luz para intentar alcanzar nuestro destino...
Ascendemos lentamente por un camino peligroso. Un intenso olor a muerte nos mantiene prevenidos. Por un momento pensamos en desistir, pero nuestro anhelo de dar con aquél lugar mítico nos devuelve las ganas de avanzar. Veo la cría de un pájaro muy peculiar huyendo a nuestro paso y que en ese momento no sé identificar. El olor fétido se intensifica y pronto descubro de quién proviene y a quién pertenece la cría de pájaro que acabo de ver. En las ramas reposan sendos zopilotes, de negras plumas y cuellos descubiertos. Lucen lúgubres e imponentes con ese aire de muerte que los envuelve. Nos ven fijamente y alertas. Pero no hacen nada por moverse. Seguimos el ascenso y poco a poco clarea el panorama. En lo alto atisbamos una cordillera de cerros verdes y frondosos.
Estando bien arriba lo primero que nos topamos fue un naranjal, lo que nos genera un poco de desconcierto. Nos subimos a los árboles para alcanzar el horizonte. La tarde comienza a caer lentamente. A un lado vemos un camino que creemos nos llevará a donde queremos ir. Avanzamos hasta el cansancio, pero cuando vemos que no nos conduce a ningún lado decidimos dar la vuelta. Retornamos al punto del naranjal, justo al frente, se yergue un impresionante árbol (que pudiera tratarse de un encino o un cedro [?] ), más adelante está el rocoso desfiladero... y aún más allá el mar de cerros.
Decidimos en ese punto montar nuestro campamento bajo la sombra del árbol. La vista es impresionante. En una pequeña hoya de peltre calentamos frijoles, las brasas refulgen con intensidad. Comimos hasta hincharnos. Fumamos y seguimos con unas cervezas algo tibias. Mientras bebemos, hablamos del hermoso paisaje que tenemos ante nosotros, de la multitud de estrellas en el firmamento, de los misterios de la vida y de la nebulosidad de la muerte.
A veces inesperadamente aparecen las luces intermitentes de los aviones moviéndose por el cielo nocturno.
Todo de perlas hasta que... aparecen otras luces, pero en el cerro de enfrente. Son las de un vehículo que se dirige por algun camino cuesta arriba y con velocidad. Cuando alcanzan la cota alta del cerro, se posiciona el vehículo de forma que dirige las <luces altas> hacia nosotros. Tenemos un mal presentimiento de todo esto; podrían ser granjeros molestos, a lo mejor delincuentes o policías confundiendonos con ellos, pero ¿Podran ir a nosotros? ¿Es gente peligrosa?, ¿Están armados?... y ¿Hacia dónde habremos de correr? ¿A dónde nos habremos de esconder? Divise el desfiladero y propuse buscar un escondite entre las rocas de la barranca o mejor aún regresar por donde venimos... pero todas resultan ideas descabelladas y conllevan un riesgo igual de alto.
Le dije a Sam: "¡Hay que apagar la fogata!". En ese preciso momento las luces comienzan a moverse y se devuelven por donde salieron. Nos mantenemos largo rato a oscuras. El calor de las cervezas ya se nos ha pasado. De cualquier forma debemos mantenernos sobrios. Confiados, cometemos el error de hacer otra vez el fuego... y los temores nos acechan. Las luces aparecen de nueva cuenta y el rugido de un motor nos alcanza fuerte. Nos estan vigilando. Entonces apagamos en definitiva la fogata. Así nos quedamos en silencio, sumidos en nuestros pensamientos y temores. El frío arrecia y la oscuridad se hace absoluta. La tranquilidad se nos esfumó como humo de cigarro.
"Voy a volver a prender la lumbre", dice mi primo después de un rato.
"No" contesté. "Mejor que piensen que nos asustamos y nos hemos ido".
Dubitativo pero cauteloso mi primo acepta. El tiempo se vuelve una letanía. Por lo tanto para no atormentarnos decidimos no ver la hora. Ya no tenemos tema de charla ni tampoco ganas de hablar.
Cuando al fin llega la media noche, Sam con voz cansada me dice: "Voy a dormir". Y yo un tanto se lo reprocho. Muy a mi parecer alguien tiene que quedarse en vela cuidando del otro. Pero Sam (como yo) con los ánimos por el suelo quiere olvidarse del tema, para él con quedarnos a oscuras basta para pasar desapercibidos. Resignado me quedo afuera fumando un cigarrillo e intentando mirar a través de la oscuridad, agudizando mis oídos para percibir algo, pero apenas escucho los sonidos de la naturaleza noctámbula y del viento sacudiendo todo a su paso. Sentí estremecer, por lo que decidí seguir a Sam. Entonces aconteció algo inconcebible...
Doy vueltas tratando de conciliar el sueño. Escucho al viento bramar afuera. Las ramas de los árboles truenan. De repente me llega un fuerte olor a humo... pienso que a lo mejor el resoplido del viento reanimo los rescoldos de la hoguera. Cuando abro los ojos noto como el interior de la casa se iluminó tenuemente. No me equivoco, escucho crepitando las brasas en la hoguera. Intento despertar a mi primo para que me ayude a apagar la fogata, pero sin conseguirlo. Me levanto de un brinco para hacerlo yo mismo y de paso salir a orinar. Sin embargo no espero la tremenda sorpresa que me aguarda afuera...
Afuera, a un pie de la hoguera y descansando en un tronco veo a un amigo. Daniel con una vara atiza las brasas. Lleva la vestimenta habitual en él (gorro, chamarra y botas). Me mira y me sonríe un tanto socarrón al ver mi expresión de sorpresa. No puedo creer ni entender cómo llegó a nosotros y entonces procede a dilucidar el miesterio; dijo que unos niños lo llevaron a donde nos habían dejado y que de ahí siguió por donde nos habían visto ir. No disimuló la gracia que le hacía ver mi expresión de estupor, ante tan extraña situación, pues fue él, uno de los tantos que no quiso acompañarnos a esa excursión. Daniel no para de reír mientras peina con los dedos la barba de chivo. Luego lo exhorto en apagar la hoguera y le expongo la situación. Él me insta a guardar calma y me propone algo:
"Yo me quedo cuidando, mientras duermen. Cuando quiera descansar, te llamo para que me cambies".
Acepto sin chistar. Antes de meterme a dormir, voy a descargar la orina, fumamos juntos un cigarrillo, le convido una cerveza y le indico dónde está la comida.
Cuando entro, intento despertar a mi primo para ponerlo al tanto de Daniel... pero apenas emite un "uhmmju". Me recuesto y cierro los ojos tratando de asimilar aquello. Vuelvo abrirlos para ver si no estoy soñando, pero todo sigue igual. Al fin logro conciliar el sueño.
No sé cuánto tiempo pasó (sentí que nada) entre que me dormí y escuché el abrupto llamado, pero fue fuerte y claro (era la voz de Daniel). ¡Vaya sorpresa, también ha amanecido!. Salgo aprisa, pero afuera no hay nada más que los rescoldos humeantes de una fogata recién consumida. El azul del cielo se extiende sobre un paisaje verde y húmedo.
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